Museo de Alcañiz

Retablo de la Inmaculada

Colección Ángel Quílez

CAQ-33

Autor: Desconocido. Procedencia: Desconocida

Renacimiento. Primera mitad S. XVII

Retablo de mazonería de madera dorada y policromada, y pintura sobre tabla.

214 x 161 cm


Este retablo entró a formar parte de los fondos de la colección en el año 2006. Además de desconocer el ámbito geográfico al que pertenece, la obra se encuentra incompleta, pues carece de la imagen titular del retablo. El resto de la mazonería se conserva completa y su traza se compone de una predela dividida por pilastras estriadas de orden jónico, dividido en tres calles, la central el doble de ancha que las laterales, un cuerpo central dividido en tres calles, las dos laterales divididas en dos pisos y flanqueadas de nuevo por pilastras estriadas de orden jónico. El conjunto se cierra con un entablamento y un frontón triangular. En la calle central del cuerpo del retablo, seguramente se situaría una imagen de la Virgen en bulto redondo, hoy desaparecida.

Las casas del retablo están pobladas por tablas pintadas que representan a diversos santos. Concretamente, en la predela vemos de izquierda a derecha la representación de San Antonio de Padua, Santa María Magdalena y San Pedro. En las calles laterales del cuerpo del retablo, contemplamos a nuestra izquierda, de abajo a arriba, la representación de San José y San Francisco de Asís, y a la derecha, San Gregorio Magno y San Bernardo de Claraval. En el frontón triangular cuenta con una pintura de San Juan Evangelista. Todo el retablo está dorado al agua, aunque hay puntos que han perdido parte de la labor del batifulla.

La iconografía del retablo está ligada al culto a la Virgen del Rosario, tanto en lo referente a las imágenes que pueblan la obra como en las inscripciones situadas en el basamento y entablamento del retablo. En la predela vemos al franciscano San Antonio de Padua con el niño Jesús en sus brazos, en el centro a María Magdalena penitente en el desierto, imagen de la pecadora arrepentida que hace referencia al mal redimido por la nueva Eva en forma de mujer del Apocalipsis. En la última casa, aparece San Pedro las llaves del Reino de los Cielos y a su derecha se representa un gallo, símbolo de su negación hacia Cristo (Mt 26, 58; 26, 69-70. Mc 14, 54; 14 66-68. Lc 22, 55-57. Jn 18, 15-17).

En lo referente a las tablas del cuerpo del retablo, en la calle izquierda San José aparece con una escuadra y una sierra como “Padre nutricio de Jesús”, portando sus herramientas de carpintero, con una iconografía paralela al desarrollo de las reformulación de la representación de los santos tras el concilio de Trento a través de los llamados Evangelios Apócrifos, especialmente a partir del Protoevangelio de Santiago y la Historia de José el carpintero. Sobre él, se representa a San Francisco de Asís mostrando los estigmas y con el sayal de la orden ajustado a la cintura por un rústico cíngulo, un cordón cuyos tres nudos significan los votos de pobreza, castidad y obediencia, y que se identifican con las tres virtudes franciscanas. A su lado se manifiesta un pequeño ángel. Los franciscanos apoyaron plenamente la institución del dogma de la Inmaculada Concepción, y de ahí que en la iconografía de la Virgen del Rosario. En la calle lateral derecha, San Gregorio Magno, porta la maqueta de la iglesia como Padre de la Iglesia latina y la cruz papal, y San Bernardo Claraval arrodillado en plena visión espiritual de la Virgen y el Niño, iconografía que está directamente relacionada con el impulso del monje cisterciense hacia la veneración de la madre de Dios a través de sus sermones. El frontón cuenta con una tabla pintada con la imagen de San Juan Evangelista representado como un joven imberbe con su símbolo evangélico, el águila, escribiendo el Apocalipsis en el que se revela la imagen de la Nueva Eva.

Las inscripciones hacen alusión a la pureza de María, divulgada por San Bernardo de Claraval, y a su vinculación con el precedente de la mujer ideal, dechado de virtudes, del cantar de los Cantares, atribuido tradicionalmente al rey Salomón. Concretamente, en la inscripción inferior leemos “Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te”, frase entresacada de los sermones de San Bernardo y que hace referencia a la pureza de María y su carencia de Pecado Original. La inscripción superior reza “Surgec propera amica meac columba mea, formosa”, que se corresponde con el texto latino del Cantar de los Cantares (Cc. 10-11). Por ello, plásticamente la Inmaculada se configuró iconográficamente en torno a la imagen de la mujer que describe el Apocalipsis de San Juan, aunque con importantes retoques, en una visión de María como la mujer viviente especuladora de la toda la Santísima Trinidad.




Autoría:


FOTOGRAFÍAS: M. Ángeles Pérez.


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